Discurso de generación 2018 Arquitectura UC

El jueves 15 de noviembre me tocó discursear en la ceremonia de graduación de la generación 2018 de arquitectura UC. Aquí el video y la transcripción del discurso.

Autoridades, profesores, familiares y simples mortales,

Los días previos a esta ceremonia habían rumores dando vuelta diciendo que si me elegían a mí para discursear me iba a distraer en autoreferencias y la ceremonia se iba a alargar eternamente, cosa que nadie quiere. Pero el pueblo habló y aquí me tienen.

No me sirvió de nada esparcir esos rumores.

Y si hablo aquí en su representación seguro debe ser por mi extraordinaria carrera en Lo Contador. Es que mi madre nos educó siempre a mis hermanos y a mí con la frase: “si vas a hacer algo, hazlo bien”. Honrándola es como me demoré solo 8 años en una carrera de 5. (Ni medicina…pero me pueden llamar doctor Wilson.)

Matemáticas -cuando existía- me la eché dos veces. Estructuras I, dos veces. Estructuras II, dos veces. Como dije: Extraordinaria carrera.

Y es de ésta que extraigo la sabiduría que hoy les vengo a compartir. El conocimiento es personal. Cada uno aprende lo que puede, lo que quiere y cada paso por la universidad es distinto. Pese a esto, creo haber llegado a la más universal de las lecciones que aprendí y creo que ésta puede ser la ocasión para compartirla.

Viene de esa frase de Charles Eames que dice “Tómate tus placeres seriamente” pero se adapta a mi -algunos dirán severo- déficit atencional.

Yo digo que hay que puro tomarse las distracciones seriamente. Que no es lo mismo que decir “hay que puro distraerse tomando seriamente”. Disléxico no soy. Alchólico quizá.

Hay que puro tomarse las distracciones seriamente

La distracción tiene mala fama. Se entiende por alguien distraído quien deja de lado el deber por perseguir el placer. Como si perseguir el placer fuera algo malo. Bueno, muchas veces lo es. En el corto plazo, al menos. Pero mi vida es la prueba de que al trabajar la distracción con cariño y oficio, el destino, la suerte, Dios o Lucifer siempre la premian en el largo plazo.

Tengo más ejemplos que tiempo para contarlos así que me quedo solo con tres.

La primera distracción que me tomé en serio fue el amor. Amar como corresponde no es muy compatible con estudiar como corresponde pero fui feliz echándome todos los ramos que pude. Como tengo la suerte de tener de esos papás que dan sus vidas para que sus hijos tengan la oportunidad de derrochar las suyas, lo que me importó más a mí en ese momento no era el costo literal de pagar otro semestre sino el costo de atrasarme cada vez más, de perder el tiempo, de no estar trabajando en proyectos propios. Me separé de mi generación y cada prueba de matemáticas, de estructura 1 y de estructura 2 me la sufría calculando a qué edad iba a estar viviendo este momento. (27 años, Doctor Wilson)

Pero no fue en vano. Distraerme amando me formó en el arte de tomarse más en serio la vida que la universidad. Saber priorizar el equilibrio personal por sobre una evaluación es una lección que seguro todos los arquitectos aquí presentes deben haber aprendido a su manera.

Y aquí entra el buen timing del destino. Por atrasarme llegué a tiempo a todo lo que mi generación original se perdió. Aravena organizó su bienal en Venecia justo para que yo calzara en el taller que calificaba al viaje. La experiencia del paseo de curso más ambicioso de la historia es una que con mis 149 compañeros de viaje nunca dejaremos de estrujar. Y por atrasarme llegué a tiempo para al cambio de malla que me dejó aprovechar mi larga estadía en Lo Contador para salir además con Magíster. Y por atrasarme llegué a tiempo a la repartija de oficinas que se dio espontáneamente cuando los alumnos nos quedamos con el pabellón que los profesores abandonaron en su migración al edificio de palo. Se supone que nuestra situación okupa no iba a durar más de un par de semanas. Estuve 2 años con la oficina a mi nombre.

La segunda distracción que me tomé en serio fue el arte. Me gusta el Arte. Descubrí la pintura escapando del dibujo técnico. En la mancha de color descubrí una manera extra programática de expresarme que nunca logré con la línea. Boté taller y me puse a pintar sin parar y en esa intensidad de trabajo redescubrí el interés por el arte que tanto tiene que ver con la arquitectura.

La gran gracia del arte, creo yo, es que tiene la capacidad de aumentar las ganas de vivir. Creo también que si el mundo estuviera lleno de artistas la gente se concentraría en las cosas más importantes. Se viviría más y se sobreviviría menos. Por esto último, creo que es importante formar artistas que le den, a través de sus obras, un mejor nombre a la humanidad. Como especie, digo. Ítaca de Kavafis, las lloronas de Picasso, El Caracol Agustín de Mazapán.

Yo creo que en esa balanza cósmica que decide si nuestro paso por el universo vale o no la pena, estos aportes pesan más que las cosas más malas que hemos hecho. Somos horribles como especie, no me malinterpreten. Pero si tenemos algo de rescatable los humanos es la herramienta para comunicar qué se siente estar vivos. Y esta herramienta es el arte. Es por eso que la parte creativa y artística de nuestra disciplina es la que más vale la pena desarrollar.

En esta época de distracción seria en el arte, descubrí que no solo no era el único con un interés artístico que no encontraba lugar en la malla curricular, sino que la gran mayoría de mis amigos hacían sus mejores trabajos sacando la vuelta.

Un día, conversando de esto con mi gran amigo Benjamín Saiz en el edificio de diseño se nos ocurrió tomarnos la escalera de emergencia que tanto nos gustaba para que los alumnos lucieran sus obras hechas en la clandestinidad de la distracción.

La facultad de diseño se puso con la iluminación y así fue como nació la Galería de Emergencia, para artistas emergentes. Ahí fue que mostré mi trabajo por primera vez y ahí fue que empezó una carrera complementaria que muchas veces le gana a la arquitectura.

Bueno, desde el 2013, la galería ha mostrado a 10 artistas más, de 5 carreras distintas y cada año la convocatoria es más masiva. Mucha suerte a los centros de alumnos de arquitectura y diseño que quedaron a cargo. Estaremos atentos.

La tercera y última distracción que me tomé en serio fue la de los palos. Y aquí entra David, mi ex ayudante de matemáticas, de estructuras 1 y de estructuras 2…

En fin, David invitó a la artista Marcela Correa a un taller de esculturas en el que yo me inscribí y que era en el horario de un curso de Pancho Díaz. Tomé una tremenda parra muerta que había en mi casa y me la llevé en metro a trabajarla en el taller de herramientas. Me embalaba tanto con los comentarios semanales de la Marcela que, una vez terminado el taller y el semestre, me fui al sur a buscar más palos y me pasé, en el momento más intenso de la obsesión, seis semanas seguidas lijando distintas especies de palos. De sol a sol, sin parar.

Es que descubrí en la madera una belleza que no conocía. Cada palo escondía capas y capas de vetas posibles, cada una estéticamente explotable y que había que descubrir con cuidado para no romper la estructura interna de sus fibras. Lijaba como si lijar tuviera sentido y la actividad era tan absurda y el resultado me gustaban tanto que empecé a ver cada palo de madera que me encontraba en una escala de belleza en potencia.

Pasó un semestre y la suerte me puso en el último taller de Eduardo Castillo, que me mandó a hacer un levantamiento exhaustivo sobre cómo se apilan los palos en la industria maderera en la zona central. Panoramón!

Castillo era valiosísimo como persona, profesor y arquitecto. Era callado y lo poco que decía lo decía crípticamente, como si le costara traducir sus ideas a las pocas palabras que tenemos. El arte empieza donde termina el lenguaje, dice un escultor famoso. Después de su muerte en la mitad de este proceso, la ayuda de Alberto Sato y de Rodrigo Pérez de Arce fue la clave para mantener muy unido al taller en una búsqueda colectiva por el sentido de toda la experiencia. De toda esa incertidumbre, surgieron proyectos que eran el resultado de una mezcla rara de intimidad y trabajo grupal: Carteles habitables, gigantescas bolsas de basura voladoras, construcciones sensuales…

Pero no dejemos de hablar de mí. Mi proyecto de título fue una distracción tomada seriamente. Partió afuera de la arquitectura, lijando un palo, y terminó en un prototipo de bóveda autoportante de 35 metros de luz, de fácil montaje y desmontaje, hecha a partir de rollizos de madera que se mantienen incólumes al final del proceso.

En otras palabras, el proyecto más importante que he hecho resultó ser una propuesta estructural. Y no solo presenté una estructura para mi proyecto de título, sino que, además, me saqué un 7!

Doctor Wilson, Experto en estructuras.

Muchas gracias por su atención.